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lunes, 15 de agosto de 2016

A la venta "El Refugio"


Sinopsis:

Año 2167, Los Ángeles, California. 

Una pandemia se desata en los laboratorios gubernamentales de la “American Society for Cell Biology”, donde un brote del virus “G3T” dio paso a la mayor plaga jamás desatada en los últimos tiempos, alertando al mundo sobre el caos que se había generado en todo el país, temiendo que se extendiera a lo largo del planeta, logrando cerrar todas las fronteras, donde el último comunicado del presidente de los Estados Unidos había sido: “Nosotros lo ocasionamos, nosotros lo resolveremos”. 

Dos meses después ya no había presidente que los ayudara a “resolver” aquel daño… quedando a la buena de Dios, en un país que poco a poco fue destruido no solo por el “G3T”. 


Grupos “Carroñeros”… Rebeldes que usaban a los zombis como sus marionetas de juego, eran la verdadera plaga a erradicar… seres sin un ápice de dignidad ni escrúpulos, al ser inmunes al virus, el cual era “exquisito” a la hora de buscar un huésped “sano” que infectar. 


El sargento “Scahel Ricco” y el doctor “Christian Draven” lucharán en contra de ese flagelo, uno con sus armas y el otro con sus conocimientos científicos, y aunque ambos sean polos opuestos, tendrán varias cosas en común... el amor al prójimo, el deseo de que ese infierno termine, y el odio hacia los carroñeros. 

No será fácil el camino a recorrer en la lucha para salvaguardar a la raza humana, pero sin duda el sargento Ricco y el doctor Draven, lucharán a pesar de todas las adversidades, donde ambos se demostrarán que no siempre el amor es el inicio de una relación y que la pasión puede llegar a ser el primer paso hacia el amor verdadero.

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miércoles, 3 de agosto de 2016

Primer capítulo del nuevo libro "El refugio" PRÓXIMAMENTE


Archivo 1
Christian + Scahel = Campo minado
Christian:
Me encontraba en el quirófano del hospital “Cedars Sinai” de Los Ángeles, donde practicaba una extracción de bala, alojada en el abdomen de un paciente con “HIV”, el cual se encontraba en un crítico estado de salud.
—¡Pinzas! —pedí estirando mi mano hacia el instrumentista, quien me colocó sobre la mano el instrumento quirúrgico, comenzando a colocarle en una de las arterias principales para obstruir el flujo sanguíneo y lograr hacer la incisión sin problemas—. ¡Bisturí!... —ordené, sintiendo como una de las enfermeras me limpiaba la frente, tratando de quitar el exceso de sudor acumulado en aquella zona de mi rostro.
Comencé a hacer el corte, tropezando las pinzas al escuchar como el electrocardiógrafo empezó a indicar que algo iba mal, soltándose la arteria, la cual se desprendió ante la presión, bañándome todo el rostro de sangre, donde los presentes se apartaron raudos del paciente, mientras yo me limpiaba el rostro con la mano, tratando de aclarar mi visión, percatándome de como todos me miraban asombrados, ante lo que estaba ocurriendo, observando cómo lentamente el paciente se sentó en la camilla, comenzando a vomitar sangre con el rostro desfigurado y en estado de descomposición, hablándome en un tono de voz afectado.
—Alégrese, doctor… ahora es inmune a nosotros. —Volteé a ver a todos los que me asistían en la operación, los cuales poseían el mismo rostro de cadáver descompuesto, vomitando sangre y con las pupilas rojas, quienes se abalanzaron sobre mí, haciéndome pegar un brinco sobre la silla, donde me había quedado dormido después de un almuerzo rápido dentro del laboratorio, escuchando unos quejidos de dolor y la estruendosa voz del sargento Ricco, explicándole a la doctora Susan lo que había sucedido con su mejor amigo Jhonny, quien era el que se quejaba de dolor.
—Le dije al muy idiota que no se apartara del grupo, pero tenías que hacerte el Rambo delante de Alexa… ¿No? —preguntó el sargento al adolorido muchacho, al que habían colocado sobre la camilla, del otro lado del laboratorio, pudiendo ver todo a través de las paredes y la puerta de cristal antibalas y anti ruido, escuchando todo por medio del intercomunicador que había entre el laboratorio y la enfermería.
—Bueno… espero que haya valido la pena —alegó Jhonny, tratando de soportar el dolor de lo que parecía ser una herida de bala, dándole la espalda a la enfermería,
girando la silla de oficina justo cuando Ricco posó sus ojos en mí, con una amplia sonrisa.
“Ahí va de nuevo”, pensé al ver como se había dibujado aquella sonrisita pícara que siempre me daba cuando tenía posibilidad de estar junto a mí, o cuando se daba cuenta que le miraba.
Frente a mí se encontraba una laptop en estado de descanso, donde mi reflejo me mostró a un Christian completamente distinto al de aquel sueño recurrente, ese donde se entremezclaba el pasado, en el que había sufrido aquel accidente con el paciente de HIV, y el futuro, en el cual dicho paciente terminaba transformado en zombi, junto a todos los demás.
—Hola Doc. —La voz de Scahel me trajo a la realidad, donde volví a observar la oscura pantalla de la laptop, contemplando como Scahel se encontraba recostado en el marco de metal de la puerta de cristal, la cual pensé que había cerrado con el seguro digital.
—¿Sargento? —contesté secamente, observando como mi barba había vuelto a crecer tan rápido, que ni me había percatado de ello.
—Estamos de regreso, sanos y salvos y con buenas noticias, Doc. —notificó Scahel como si aquello me fuese a hacer sonreír de dicha, o como si esperara alguna demostración de júbilo, algún indicio que indicara que su regreso al refugio, después de haberse ausentado durante treinta y seis horas, diese algún sentido a mi vida.
—Ya veo… ¿Consiguieron suministros?... ¿Más sobrevivientes?... ¿Alguna muestra que me sirva para seguir con mi trabajo? —pregunté levantándome de la silla, rascándome la enmarañada cabellera, la cual también estaba comenzando a crecer.
—Aún mejor, Doc. —Seguí de espaldas sin deseo alguno de voltear a verle, pulsando “enter” para que la laptop comenzara a funcionar, esperando a que el soldado concluyera—. Conseguimos un centro comercial en el boulevard Wilshire, el cual al parecer, aún no ha sido saqueado por los carroñeros, y creo que hay varias farmacias en ese lugar. —Levanté el rostro, volteando a verle completamente serio, mientras él sonrió, percatándome de que traía una pajilla en la boca, la cual masticaba, pasándola de un lado a otro entre sus labios.
—¿Por qué no investigaron? —pregunté, observando como el soldado volteó a ver hacia donde Susan atendía al civil militarizado, el cual siguió quejándose, mientras Scahel cerró la puerta, dejando su fusil ARK-160 sobre una de las mesas del laboratorio,
sin dejar de verlo tan serio como siempre lo hacía, para que se midiera conmigo, aunque por supuesto eso nunca funcionaba con él.
—Ya se hacía tarde, Doc., y los muertos aparecen de noche… ya sabe… —Comenzó a hacerse el gracioso, alzando los brazos, haciendo el típico gesto de alguien que pretendía hacerse pasar por fantasma, moviéndose de un lado a otro, acercándose a mí, preguntándole, después de darle la espalda, volteándole los ojos de mala gana.
—¿Cómo sabes que Billy aún no ha saqueado el lugar? —solté, comenzando a abrir la aplicación de la cámara, para documentar lo que había hecho en la mañana, esperando su respuesta.
—Porque todo está sellado, candados, seguros, no había vidrios rotos ni puertas violadas… —Su voz se escuchaba cada vez más cerca—. Además… enviamos a este idiota a averiguar si Billy seguía donde le habíamos visto, y en efecto… el balazo en su pierna es señal de que aún se encuentra en el lugar exacto donde nos topamos con el carroñero, algo raro en él, porque Billy no suele quedarse mucho tiempo en el mismo sitio. —Sin duda aquel comportamiento era de evaluar, pero por ahora lo importante eran los suministros, y sobre todo, los medicamentos.
—¿Ya te reportaste con el general Lawrence? —Scahel se colocó a mi izquierda, mientras intenté acomodar la cámara en una mejor posición, escuchando su respuesta completamente fuera de lugar.
—Preferí venir a reportarme primero contigo… Christian. —Suspiré tratando de controlar el mal humor que amenazaba con salir en alguna de mis ácidas respuestas, volteándome para verlo con el ceño fruncido y los labios en una dura línea recta.
—Mida sus palabras, sargento. —Scahel sonrió con aquella odiosa sonrisita retorcida, que lo hacía ver por demás odioso y fanfarrón.
—Me estoy midiendo, Doc.… si no fuese así, mi respuesta sería otra. —Acarició sus labios dándole una rápida mirada a la enfermería, imaginando que trataba de constatar que no nos estuviesen viendo, girándome para encararle con una sonrisa irónica.
—¿Qué diría Lawrence si se llegase a enterar que su sargento pretende enamorar al científico y médico a cargo? —A lo que respondió, acercándose aún más a mí.
—Que hago muy bien mi trabajo. —Así que aquello confirmaba mis sospechas… aquel empeño tanto de Scahel como de Alexa, la hermanastra de Ricco, de tratar de
conquistarme era única y exclusivamente para sacarme información, pero… ¿Con qué propósito?... ¿Qué era lo que en realidad deseaban saber de mí y por qué?
—Tú no eres gay, Ricco.
—Ni usted tampoco… ¡Doc! —alegó Scahel, acercándose aún más a mí, haciéndome retroceder rápidamente, volteando a ver a la enfermería, donde al parecer, Susan le había colocado morfina a Jhonny, quien se encontraba relajado sobre la camilla con los ojos cerrados, mientras la doctora hacía su trabajo, dándonos la espalda.
Me enfoqué en el intercomunicador, y este mantuvo el audio activado pero el micrófono apagado, soltándole al darme cuenta que Susan no podía oírnos.
—¿A qué juega, sargento? —pregunté, mirando a cada tanto hacia la enfermería por el rabillo del ojo, percatándome de como Susan se movía de un lugar a otro en busca de algún implemento que sirviera para la intervención del paciente.
—Yo no estoy jugando a nada, Doc. ¿Usted si? —Él sonrió, volviendo a dar un paso al frente, observando hacia la computadora, la cual había comenzado a hacer funcionar la grabadora, aunque no estaba grabando aún, donde el atorrante hombre se miró a sí mismo en la pantalla de la computadora.
—Imagino que este computador debe decir mucho de ti —alegó aquello acariciando las teclas, tomando rápidamente la pantalla de la laptop, para cerrarla, antes de que se le ocurriera husmear en los archivos, donde quitó raudo la mano antes de que pudiese aprisionarle los dedos con la tapa, riendo ante mi reacción.
—¿Qué ocultas, Christian? —preguntó, volviendo a enfocar sus ojos en mí dando otro paso más al frente, mientras yo volvía a echarme hacia atrás, volteando a ver a Susan, quien se encontraba absorta en su trabajo.
—Yo no estoy ocultando nada, soldado… y puede decirle a su general que deje de meterse donde no lo llaman, yo no le digo a él cómo hacer su trabajo militar, pues espero que así mismo él no pretenda manipular mi área de trabajo en el refugio… lo que yo haga aquí es solo asunto mío, y él simplemente debe acatar las órdenes que le imponen desde Washington y dejar de meterse donde no lo llaman.
Ricco volvió a dar un paso más, lo que me hizo retroceder nuevamente, tropezando con una de las patas de la silla del escritorio, donde perdí por completo el control, trastabillando a punto de caerme, siendo tomado de la cintura tan rápidamente, que no pude ni reaccionar, levantando el rostro, donde sus grandes, arrogantes e intensos
ojos azules, golpearon los míos, los cuales se abrieron ante el asombro de su total desfachatez.
—Le daré tu recado, Christian, pero para la próxima, le haces saber tú mismo lo que piensas de él… no sabes cómo amo las disputas entre el general Lawrence y tú… mientras él quiere mandarte a la mierda a puñetazos, tú simplemente lo arrojas a la lona con clase. —Lo empujé con tanta fuerza, que logré que trastabillara y tropezara unos cuantos frascos con soluciones salinas y otros que simplemente tenían germicida para desinfectarlas antes de usarlas, donde el rostro de Scahel dio paso al terror ante lo que había roto, soltándole una risa burlona.
—¡Vaya!... ¿Así que el sargento le teme a los virus?
—No es gracioso, Doc. ¿Qué mierda tenían esos frascos? —Apreté mis labios, tratando de permanecer serio, aunque supe muy bien que mi rostro denotaba cierta satisfacción al verle tan asustado.
—En una había Ébola, en la otra malaria y en esa que está escurriendo, el virus G3T. —Scahel estuvo a punto de sufrir un colapso nervioso, tomando una de las toallas descartables, comenzando a limpiarse las manos y el uniforme, donde la solución salina y el germicida habían caído, observando como Susan dejó la enfermería, abriendo la puerta del laboratorio, después de haberse quitado el tapabocas que traía puesto, observando el desastre.
—¡Por Dios, sargento Ricco!... debe tener más cuidado, ya casi no nos queda germicida y solución salina para que usted la esté derramando. —Susan comenzó a limpiar todo aquel desastre, mientras yo aún sonreía por demás divertido, cruzándome de brazos, sin dejar de ver al joven, quien me dio una mirada de desdén, dando paso a otra muy distinta, sonriendo con picardía, arrojando la toalla al bote de la basura, señalándome con el dedo índice, después de tomar el fusil en sus manos.
—Esa estuvo buena, Doc., muy buena… ¿Usted quiere jugar sucio? —preguntó el soldado, percatándome de como Susan alzó el rostro para ver a Scahel y luego a mí, volviendo a tornar mi rostro serio, ante aquella escrutadora mirada de la doctora—. ¡Bien!... yo también sé jugar sucio. —No pude dejar de mirarle con rabia, mientras el chico abrió la puerta, preguntándole a Susan sobre el estado de salud de Jhonny.
—Debe quedarse en la enfermería, perdió mucha sangre, y aunque el hueso no fue dañado, la bala le rozó los ligamentos y eso le va a dificultar el caminar. —Ricco
observó a Jhonny, el cual, desde que habíamos tenido que usar el City Hall como refugio, se había vuelto el mejor amigo del sargento.
—Entiendo… —Hizo un gesto de resignación—. Ni modo, tendrá que quedarse. Lástima… se moría por ir mañana a recorrer el centro comercial que encontramos. —Susan había terminado de asearse, acercándome rápidamente a Scahel, tratando de olvidar las asperezas que siempre había entre él y yo, preguntándole apremiante.
—¿A qué hora saldrán? —A lo que el chico respondió, sin dejar su puesto, recostado en el marco de la puerta, sosteniendo la puerta de vidrio con el pie para que esta no se cerrara, aferrando con ambas manos el fusil.
—A las quinientas horas, Doc. Y si su trasero no está en el parque central a la hora pautada, se queda. —Susan volteó a vernos, algo asombrada.
—¿Piensas ir a ese escaneo? —Asentí a la pregunta de la doctora, quien miró a Ricco, el cual sonrió divertido— No creo que sea buena idea, Christian… tú has estado…
—Yo estoy perfectamente bien, Susan, no voy a perder la oportunidad de abastecernos como se debe, este idiota… —Señalé al sargento, quien alzó una ceja, agradeciendo el piropo, con una amplia sonrisa—… lo único que trajo la última vez que consiguió una farmacia, fueron condones y lubricantes… para cuando logré que el general Lawrence permitiera otro recorrido a la zona, ya Billy había barrido con todo el lugar. —A lo que Scahel alegó, como si aquello fuese tan importante como lo que estaba diciendo.
—Por cierto, Doc., ya se nos acabaron, así que recuerde abastecernos también de diversión, ¿eh?... que no solo de medicinas y alimentos vive el hombre. —Clavé la mirada en Scahel, quien después de pasar la correa del fusil a través de su brazo, alzó las manos a modo de rendición, apartándose de la puerta, alegando con una amplia sonrisa—. Me retiro… mañana a las quinientas, Doc. No lo olvide.
—Cinco am. No lo olvidaré… ¡sargento! —El aludido hizo una reverencia, despidiéndose de la doctora, dejando que la puerta de vidrio se cerrara sola, dándole una última mirada a su amigo, volviendo el rostro hacia mí, apuntándose los ojos con los dedos índice y medio, para luego señalarme a modo de hacerme entender de que me estaría vigilando, volteandome rápidamente, sin deseo alguno de volver a ver a aquel hombre tan indeseable, el cual no soportaba en lo más mínimo.
—Lamento lo que dije, sé que no deseas que nadie lo sepa, pero debes entender que me preocupo por ti. —Giré el rostro, dándole una desganada sonrisa, por demás falsa, ya que la rabia aún me consumía.
—No importa, solo ten más cuidado, creo que eso es justo lo que pretende el general, saber qué oculto y usarlo en mi contra. —Para nadie era una novedad que entre Lawrence y yo hubiese una relación de odio profundo. Él deseaba quitarme el privilegio de tener comunicación privada con los grandes científicos de Washington, ya que simplemente deseaba hacer las cosas a su modo y no como debían realizarse, obstruyendo completamente todo mi trabajo, y si él se enteraba de que yo no estaba capacitado para ello, me sacaría de mi puesto en menos de lo que canta un gallo, y eso era algo que no le dejaría hacer.
—Entonces irás con el equipo de Ricco a limpiar la zona del boulevard Wilshire. —Le asentí, acomodando la cámara, para comenzar a grabar el archivo de lo que había logrado obtener esta mañana—. Ten cuidado, aunque eres inmune a esas cosas, no eres inmune a las balas, y un enfrentamiento entre el grupo de Ricco y los carroñeros sería lo bastante perjudicial para ti y tu delicado estado de salud.
Volví a asentir, alegando que no debía preocuparse y que haría todo lo posible por resguardarme lo mejor que pudiera. Lo menos que quería era que justo ahora que carecíamos de suministros, nos tuviésemos que devolver al refugio con las manos vacías y con un balazo, que lo más probable era que se transformara en una gangrena, al tener mi sistema inmunológico por el suelo.
Susan abandonó el laboratorio, llevándose consigo varias cosas, cerrando la puerta mientras yo me sentaba frente a la cámara, encendiendo la grabadora, comenzando a documentar mi trabajo de esta mañana.
—Archivo ciento ochenta y cinco… ¿Hora?... las catorce y cuarenta y cinco PM. Esta mañana usé el nuevo proyecto de vacuna para el G3T en tres ratas de alcantarilla, previamente desinfectadas, inyectándoles el virus G3T a los tres especímenes, donde el primero no logró ser infectado, imaginando que esta tenía alguna especie de virus que la hacía inmune… pronto le haré más análisis.
Coloqué la grabadora en pausa, observando mis anotaciones, levantando el rostro para poner nuevamente en marcha la grabadora, observando que Scahel se encontraba a mis espaldas del otro lado del vidrio, recostado en el cristal, sin armamento, sin su chaqueta militar y con un paquete en la mano, volteándome para verlo.
Golpeó con el dedo índice la puerta, a la cual al parecer, Susan le había colocado el seguro digital antes de retirarse, levantándome lentamente de la silla, sin ánimo alguno de abrir la puerta, esperando cualquier cosa del infeliz de Scahel, dándole una mirada a su amigo en la enfermería, quien se encontraba profundamente dormido, colocando
mi dedo pulgar en el lector, logrando que el seguro digital se desactivara al leer mi huella.
—No estoy para ninguna de tus idioteces, Scahel… así que más te vale que… —A lo que alegó, interrumpiendo mi malhumorada alocución.
—¿Recuerdas el día en el comedor donde todos comentábamos lo que extrañábamos comer? —Lo miré por unos instantes, asintiéndole con desgano— Ayer recordé lo que tú habías dicho.
—¿Y?... —pregunté de mala gana, a lo que Scahel respondió, mostrándome lo que había en la caja.
—Conseguí tres en una máquina abandonada, uno se lo di a Alexa y estos dos son para ti… Doc. —Me asomé al interior de la caja donde había un par de “Snickers”, alzando rápidamente el rostro para encontrarme con una mirada que me desconcertó por completo.
Sus ojos brillaron y su sonrisa era cálida, como si aquel rostro dulce y apacible, me invitara a una tregua, una que por supuesto era casi imposible entre él y yo, volteando rápidamente el rostro hacia el consultorio de Susan, mientras Scahel volteaba a ver a su amigo.
—Tómalos, Doc. —pidió el joven militar, esperando a que tomara las barras de chocolate.
—¿Por qué no te las quedaste? —pregunté, observando cómo alzó la mano para colocar una nueva pajilla de madera entre sus labios, comenzando a masticarla, como si aquello fuese una especie de manía que lo mantenía calmo.
—No me gusta el chocolate.
—¿Y por qué no se los diste todos a Alexa? —Aquel apacible y amable rostro comenzó a transformarse en uno, que al parecer, estaba empezando a perder la calma, sacando raudo ambas barras de chocolate, atestándomelas contra el pecho, en lo que por simple inercia, les aferré a sabiendas de que las soltaría de mala gana, espetándome muy cerca del rostro.
—Toma las malditas barras de chocolate, Christian, y deja de hincharme los huevos… ¿Quieres? —Aquel temperamento explosivo era lo que odiaba de él, aunque debía admitirlo, siempre era yo quien lo irritaba.
—Solo era una pregunta. —A lo que Ricco respondió, después de apartarse de mí, llevándose la caja consigo, comenzando a caminar.
—Hay actos que no necesitan una explicación, solo quise obsequiártelos a ti… ¡punto!
—¿Por qué? —Volví a insistir, observando como Jhonny se movió algo inquieto sobre la camilla, quedándose nuevamente dormido.
—Usted sabe muy bien por qué. —Volteé a verlo, plantado frente a la puerta que dividía aquella área médica del resto del edificio—. Solo que muere por escucharlo de mi boca… ¿Cierto? —Negué con la cabeza.
—Te equivocas y sé a qué juega, sargento. —Scahel pasó la pajilla de un lado a otro entre su boca, dibujando nuevamente aquella odiosa sonrisa de satisfacción en su rostro.
—Y según tú… ¿a qué juego? —preguntó, dándole una mirada furtiva a su amigo y luego a mis espaldas, corroborando que el consultorio de Susan permaneciera cerrado, comenzando a acercarse a mí.
—Tú no eres gay, Scahel… solo juegas a hacerte el que te gusto, porque crees que yo lo soy y no entiendo esa apreciación de tu parte. —A lo que el sonriente muchacho respondió, sin dejar de juguetear con la pajilla en su boca.
—Has despreciado a varias mujeres en el refugio… me lo han dicho, entre ellas, Alexa… ¿Sabes lo que muchos darían por tener sexo con mi hermana? —Sabía muy bien las pasiones que podía despertar una mujer como Alexa, era una chica ruda, fuerte y muy hermosa, con los ovarios bien puestos y una extraordinaria sensualidad, la cual no podía ocultar detrás de ese traje militar masculino que usaba— Así que dime… ¿qué puedo pensar yo de ti, ante algo como eso? —Suspiré pesadamente, aferrando con fuerza ambos Snickers entre mis manos.
—Que no soy hombre de revolcarme con cualquiera. —Ricco rió negando con la cabeza.
—Mi hermana no es cualquiera, Doc, y tú muy bien lo sabes. —Por supuesto que lo sabía, muchos trataron de acceder a ella sin éxito, donde lo único que recibieron de la chica, fueron puñetazos, patadas, puñaladas y hasta un tiro en un pie, del cual aún renquea el pobre iluso que intentó acceder a la imponente fémina, siendo Jhonny el último en recibir unos cuantos golpes de parte de ella, ya que era bien sabido que el joven “Pitt”, ahora recostado en la camilla de la enfermería, era quien le pretendía.
—Pues me siento muy halagado por tu hermana, Ricco… pero ella no es mi tipo… la aprecio mucho, pero… —A lo que Scahel alegó, colocando ambos brazos sobre la pared de vidrio del laboratorio, encerrándome entre el cristal y su cuerpo.
—… Pero no es el Ricco que deseas tú… ¿Cierto? —Negué con la cabeza, quería gritarle en la cara que lo único que deseaba era resguardar la salud de todas aquellas mujeres a las que había rechazado, incluyendo a su hermana, pero sabía de antemano lo que la verdad me acarrearía, que el general Lawrence me sacara del refugio como si fuese un infectado más de los tantos que habitaban en los Estados Unidos de América.
—No entiendes nada. —Fue lo único que respondí, intentando apartarme de él.
—Explícame, Christian, vamos… tú y yo podemos ser buenos amigos, pero te empeñas en que no sea así. —Lo empujé al ver que no pretendía dejarme ir.
—Yo no quiero ser tu amigo —Él sonrió socarronamente, escupiendo la pajilla que había destrozado con los dientes, limpiando sus labios, como si pretendiese hacer algo más con ellos que solo sonreír como un cretino—. No te equivoques —espeté, volviendo a ver hacia el consultorio de Susan, ya que aquello lo había dicho en voz alta—. Yo no quiero ser ni tu amigo, ni nada de lo que tu asquerosa cabeza esté pensando. —Pretendí abrir la puerta del laboratorio, sintiendo como me aferró por el brazo, girándome bruscamente.
—Voy a averiguar qué ocultas, Doc., por las buenas o por las malas. —Sus ojos se pasearon de un lado a otro, observando los míos, los cuales le miraron con desdén—. Tienes razón, Doc., no me gustan los hombres… —Miró mis labios y sonrió—. Pero tú posees algo… algo que me hace ser capaz de cualquier cosa para acceder a ti y tu verdad. —Se apartó de mí, dejando mi cuerpo completamente tembloroso ante la rabia que lo apresaba, arrojándole ambos Snickers a su espalda.
—Vete al infierno, Ricco. —El joven se detuvo al sentir los golpes en su espalda, volteándose para ver qué le había golpeado, enfocando sus ojos en ambas barras de chocolate tiradas en el suelo, alzando el rostro para verme, dándome una dura mirada de soslayo, agachándose para recoger los Snickers, acercándose raudo a mí, volviendo a atestármelos en el pecho, tomándome por el cuello, soltándome a escasos centímetros del rostro.
—No sabes lo que tuve que pasar por ellos, y así deba metértelos de supositorio, haré que te los comas, infeliz —La puerta del consultorio de Susan rechinó, logrando que Scahel soltara mi cuello, apartándose de mí, después de darle una mirada furtiva a la doctora, volviendo a clavar su dura y desdeñosa mirada sobre mi persona, volteándome los ojos, comenzando a retirarse, espetándome en un tono irónico— Y no puedo irme al infierno, Christian, ambos vivimos en él. —Abrió la puerta, arrojándola tan fuerte al salir, que hizo que Jhonny brincara sobre la camilla, comenzando a quejarse de dolor.
—¿Qué sucedió?... ¿Por qué se devolvió?.... —La doctora se acercó a mí, al ver que no respondía y simplemente observaba a la puerta, acariciándome el cuello, justo donde había ejercido presión, haciéndome daño.
—No sucede nada, volvió porque tenía un recado para mí. —Escondí ambas barras de chocolate en el bolsillo, adentrándome nuevamente en el laboratorio, sentándome frente al computador, tratando de olvidar lo que había ocurrido tan solo unos instantes.
“¿Así que por eso piensas que puedes acceder a mí?... ¿Por eso crees que me puedes llegar a gustar?”.
Negué con la cabeza, una y otra vez, levantando el rostro para ver por medio de la cámara frente a mí, que Susan estaba atendiendo nuevamente a Jhonny, sacándome ambos Snickers del bolsillo, observándolos mientras volví a recordar lo que me había dicho.
“¿Recuerdas el día en el comedor donde todos comentábamos lo que extrañábamos comer?... Conseguí tres en una maquina abandonada, uno se lo di a Alexa y estos dos son para ti… Doc.”.
Arrojé ambas barras de chocolate a un lado, tratando de no darle importancia al asunto, aunque como en otras ocasiones, Scahel había logrado lo que buscaba… desestabilizarme al punto de no lograr concentrarme en mi trabajo, dejando todo a un lado, sin ánimo alguno de proseguir con la grabación, saliendo rápidamente del laboratorio, rumbo a las afueras del edificio a tratar de respirar un poco de aire fresco.
El sol me dio de lleno en los ojos, eran aproximadamente las tres de la tarde, el sol estaba aún en su auge, percatándome que era uno de esos días calurosos en Los Ángeles, imaginando a los infectados en cualquier guarida, resguardados de los rayos ultravioletas.
Utilicé mi mano como una visera sobre mi frente, intentando que las pupilas se acostumbraran a la intensa luz solar, a las afueras del enorme edificio que por mucho tiempo fue reconocido como el City Hall y el que ahora era uno de los refugios más sólidos, impenetrables y seguros de Norteamérica.
Alrededor de este fueron colocados unos grandes muros de contención de aproximadamente diez metros de alto por tres metros de grosor, resguardado no solo por los centinelas que vigilaban día y noche los cuatro puntos cardinales, sino también por un enorme espiral de alambrado electrificado que rodeaba todos los muros por la parte exterior, al igual que los reflectores de luces ultravioleta y un campo minado debajo del alambrado que lo hacía casi impenetrable.
La entrada era un par de puertas de acero apostadas cerca del “Gran parque Christman Tree”, las cuales se abrían y se cerraban por medio de un sistema de seguridad que se manejaba a veces desde la comandancia militar, aquella que ocupaba toda el ala noroeste del City Hall, la cual se encontraba custodiada y a la que solo podía tener acceso cuando debía enviar mis informes científicos, permitiéndome entrar a los computadores militares bajo estricta vigilancia, donde casi siempre era Scahel o Alexa los que me acompañaban.
Bajé las escaleras, comenzando a caminar hacia el parque Christman Tree, ya que los muros cubrían un perímetro bastante extenso de las adyacencias del enorme edificio, pasando por la calle Broadway, que era donde se encontraba la entrada, rodeando la calle Temple, hasta la calle Los Ángeles, cruzando nuevamente por la primera trasversal este, rodeando toda aquella zona, permitiéndonos también tener acceso al parque, el cual servía de punto de reunión.
Una pelota golpeó mis piernas, deteniéndome rápidamente, intentado recuperarla con un movimiento ágil de mis extremidades inferiores, percatándome que un grupo de niños jugaba en aquel pequeño terreno de la calle Spring, la cual dividía el edificio del parque.
—Lance la pelota, Doc. —gritó uno de los niños, pateando fuertemente la bola, devolviéndole el objeto de su entretenimiento, percatándome que la esfera de goma ya se encontraba bastante deteriorada.
“Pobres niños”, pensé al imaginar que muchos de ellos no poseían familia, quedando al cuidado de alguno de los grupos familiares que lograron sobrevivir en aquel pandemónium en el que se había convertido aquel error que nos había costado lo
bastante caro como para tener que pagarlo con una cárcel a la que llamábamos… “El refugio”.
Seguí mi camino, observando a todos lados, saludando a las caras ya conocidas y presentándome con los que veía por primera vez, poniéndome a la orden para lo que necesitaran del centro médico, lo cual agradecieron enormemente, retomando nuevamente mi camino, intentando acceder al tobogán en forma de cilindro, donde acostumbraba a introducirme, colocando mi mente en blanco, deseando no pensar en tanta basura, en tanta injusticia y tanta impotencia de mi parte, al no poder acceder a una cura, sintiéndome tan limitado por quien llevaba el mando en aquel lugar, el general Lawrence.
En mi rápido andar, di una mirada furtiva hacia mi izquierda, donde mantenían en aquel terreno de arena los pocos vehículos que poseíamos… dos camiones, uno era un CCKW-353, el otro un GMC 6x6, cuatro motocicletas y tres jeep militares, de los cuales solo se hallaba el de Scahel, quien justo en ese instante se encontraba con una de sus “amiguitas”, como él les llamaba a sus conquistas, quien lavaba el vehículo con un pequeño short de jean y un top que, al humedecerse, no dejaba absolutamente nada a la imaginación.
—Más abajo, nena… esos cauchos están hechos una porquería —pidió el sargento a la morena de largos cabellos oscuros, quien se inclinó para lavar las ruedas delanteras del auto, observando como Scahel ladeó a un lado su cabeza para verle el trasero a la joven, la cual tongoneaba sus caderas al compás de la música que se dejó escuchar en el reproductor del Jeep.
Negué con la cabeza, sin dejar de ver el espectáculo que daba la muchacha, percatándome que varios subalternos del sargento contemplaban a la exhibicionista joven, la cual al parecer, aquello más que incomodarle, le agradaba.
Todos silbaban y vitoreaban el baile sugestivo que le hacía la jovencita al sargento Ricco, quien estaba por demás encantado, exprimiendo una de las esponjas húmedas sobre el trasero de la chica, la cual se levantó rápidamente comenzando a gritar y a reír como una perdida, volteando rápidamente el rostro al ver como Ricco la tomó entre sus brazos, besuqueándole el cuello.
“Maldito cretino”.
No podía comprender cómo la vida era tan injusta, un hombre como yo, que siempre había sido fiel a su esposa, terminar con una de las peores enfermedades del mundo…
el sida, mientras que unos malditos promiscuos como Scahel, no se contagiaban ni de pediculosis, aun después de haber fornicado con toda la cuadrilla entera de putas del boulevard Hollywood.
—Mi hermano como siempre rodeado de putas. —Me detuve, volteando a ver hacia mi derecha, encontrándome con Alexa, la hermanastra de Scahel, quien detestaba a muerte a las conquistas de su hermano, imaginando que sentía cierto tipo de celos, aunque no sabía si era un complejo de Edipo o si los rumores de que entre ellos dos había más que una relación de hermanastros eran ciertos.
Me detuve, acercándome a la teniente, quien se encontraba sentada en un pequeño muro que dividía el parque del edificio adjunto, el cual era usado como vivienda para muchos, observando como la joven jugaba al solitario con sus naipes, como siempre lo hacía cuando se encontraba sola o aburrida.
—Ya lo conoces… Scahel es el semental de todas las féminas del refugio. —Alexa, soltó una risita irónica, dándole una mirada furtiva a su hermano por sobre mi hombro, volviendo a enfocar sus ojos en las cartas, acomodándose mejor sobre el muro para no caerse.
—¿Semental?... —Negó con la cabeza, volviendo a arrojar un puñado de cartas al montón que tenía apilado sobre el muro, tomando el as de diamante rojo, colocándolo aparte— Es solo un imbécil que le gusta jugar con las mujeres. ¿Crees que si fuera un verdadero hombre trataría así a una mujer? —La joven señaló a su hermano, volteando a verle, encontrándome con un apasionado beso, apretándole las nalgas a la chica.
—Pues también debes ver que ella así lo permite… y lo siento, pero hombre es hombre Alexa, y no veo a Scahel diciéndole que no a una mujer que se le ofrece tan fácilmente. —Alexa dejó el juego de cartas, acomodándose la gorra hacia arriba para poder ver mejor mi rostro, cruzándose de brazos.
—¿Estás defendiéndolo? —Sonreí negando con la cabeza.
—No… simplemente que ya he estudiando bastante el extraño espécimen que es tu hermano, y he llegado a la conclusión de que es un caso perdido, piensa con el pene y deja que este lo domine a voluntad. —Alexa rió, señalándome con el dedo índice, mientras yo me recostaba del muro a su lado, observando a Scahel lavar el Jeep con la joven, quienes jugueteaban con la manguera, salpicándose de agua mutuamente.
—No sabía que el Doc. tenía tan buen sentido del humor. —Hice una leve mueca de hastío, alegando que mi humor variaba dependiendo de las circunstancias y la
compañía, volteando a verla, encontrándome con sus felinos ojos ámbar, los cuales me contemplaron con deseo—. Pues me alegra que yo logre sacar ese Christian agradable y risueño. —Sonreí dulcemente, volviendo a enfocarme en las jugarretas de Scahel con la jovencita, observando como el grupo de militares junto al sargento, tomaban posición firmes, al percatarse de la presencia del general Lawrence.
—Creo que se le acabó la fiesta a tu hermano. —Alexa extendió la mano hacia mí, para que chocara mi mano en contra de la de ella, disfrutando con anticipación, la reprimenda que le daría el general a su hermano, ya que Lawrence era el único que se encontraba por sobre el rango de Scahel.
—Sargento Ricco, ¿qué demonios está haciendo? —Scahel soltó rápidamente la manguera, la cual ante la presión del agua, bañó por completo al general Lawrence, quien simplemente cerró los ojos, a la espera de que Ricco detuviese el flujo del agua o apartase la manguera hacia el otro lado.
—General… lo… lo siento, señor… —El joven intentó sostener la manguera, pero esta zigzagueaba por el terreno fangoso, siendo el cabo segundo “Patrick Hunk”, quien fuese a cerrar la llave de paso del agua, deteniendo al fin el bailoteo de la manguera de un lado a otro.
Apreté con fuerzas mis labios, intentando no reír, dándole una mirada de soslayo a Alexa, la cual observaba todo con una amplia sonrisa, comenzando a escuchar la retahíla de maldiciones, reclamos y reprimendas de parte de Lawrence, observando como Scahel simplemente asentía a cada una de sus palabras, sin replicar a ninguna de ellas.
—Tiene doce horas de castigo a partir de ahora, sargento, si tiene ganas de limpiar algo, vaya a lavar los baños… todos, y cuando termine, podrá irse a dormir sin derecho a cena.
Scahel asintió, observando como “James Archer”, cabo primero y lame botas de Lawrence, se acercó al general, observándole de pie a cabeza, preguntándole el porqué se encontraba mojado.
—Porque tenía calor y el sargento me ayudó a refrescarme. —Los subalternos intentaron aguantar las risas ante las ironías del general para con su mano derecha, quien al parecer, era el ser más descerebrado del planeta.
—Pero señor… me hubiese dicho y yo le hubiese preparado el baño. —Lawrence observó con el ceño fruncido a Archer, quien le sonrió como siempre lo hacía, con aquella típica lambisconería suya, la cual todos detestábamos.
—Estoy siendo, sarcástico maldito imbécil —Volteó a ver a Ricco—. A partir de ahora comienza su castigo, Ricco —Scahel asintió, apretando con fuerza sus labios, mientras Lawrence observó de arriba hacia abajo a la jovencita, la cual intentó cubrirse con las manos—. Y usted… Vaya a cambiarse, joven… creo que el agua le encogió la ropa, póngase algo decente y deje de andar con esta manga de pervertidos.
Lawrence se giró bruscamente para irse, donde no se hicieron esperar las respectivas posiciones firmes y respetuosas de los subalternos hacia su general, quien se retiró a paso rápido, escuchándole decir a James.
—Rapidito, Ricco… —Señaló su reloj, observando el molesto rostro de Scahel, quien le mostró el dedo medio a modo de grosería, pidiéndole que se largara o le metería un balazo en el trasero, comenzando a buscar su fusil dentro del Jeep, logrando que el chupamedias de Lawrence se retirara, no sin antes recibir las burlas de los muchachos, llamándole: chupa verga, lame botas, jala bola y un sinfín de agravios que al final significaban lo mismo.
—A veces amo a mi general, me alegra cuando le borra la sonrisa de idiota a mi hermano delante de sus mujerzuelas —alegó Alexa, bajando del muro, recogiendo sus cartas, observándole detenidamente.
—Hablas como una mujer celosa —alegué a las palabras de la teniente, quien se acomodó el revólver que traía en su cinturón, colocándose frente a mí, en un gesto retador.
—No te equivoques, Doc… no lo estoy celando, simplemente odio que se comporte como un cretino, pero como bien has dicho tú mismo, Scahel es un espécimen extraño, unas veces parece un ser dulce, amante de las cosas buenas, detallista y elocuente, pero en otras, simplemente se comporta como un neandertal y deja que su hombría hable por él.
Ella tenía razón, Ricco era un ser desconcertante, tan solo unos instantes había sido tan amable, y en cuestión de segundos había perdido los estribos intentando ahorcarme por no querer recibir el detalle de los chocolates, lo que aún me tenía algo confundido, volteando a ver a aquel Scahel molesto y prepotente, el cual le gritó a los muchachos
que se encontraban junto a él, pagando la rabia de aquel regaño con quien menos tenía la culpa.
—Bueno, Alexa… nada es perfecto en este mundo, mira lo que la ASCB intentó hacer y terminamos abriendo la puerta del infierno, dejando escapar a los demonios. —Ella asintió, sonriéndome con desgano, donde ambos observábamos alejarse al sargento Ricco, escuchando la alarma que alertaba la apertura de las puertas principales, imaginando que los otros dos Jeep que faltaban, regresaban al refugio.
—Debo irme… el grandote ya llegó y de seguro necesitará mi ayuda. —Le asentí, despidiéndome de ella, comenzando a caminar nuevamente hacia el edificio, sintiendo que podía seguir nuevamente con mi trabajo, sin necesidad de darme un tiempo a solas—. ¡Por cierto, Doc.!... —llamó Alexa a lo lejos, volteando a verle, observando cómo los Jeep se adentraron al lugar, dejando una estela de polvo a su paso—. No vayas a botar las barras de chocolate. —Mi rostro se tornó serio sin saber qué alegar a ello—. Apenas consiguió la maquina con los tres chocolates lo primero que hizo fue pensar en ti. —No podía creer que Alexa me estuviese diciendo algo como eso, respondiendo de mala gana.
—Pues no entiendo porqué. —A lo que la joven respondió, comenzando a caminar hacia los Jeep, observando descender a “Logan Redfield”, o “el Grandote” como le llamaba Alexa, ya que el hombre no solo poseía dos metros de alto, su cuerpo parecía artillería pesada, de tan impresionante musculatura.
—Eres especial para él, Christian… eso tú muy bien lo sabes, al igual que para mí, pero si te incomoda mucho, solo imagínate que yo te los regalé. —Me guiñó un ojo y salió corriendo a toda velocidad, dejándome inerte en aquel lugar, observando como la chica saltó sobre el corpulento hombre, quien le arrojó dentro del Jeep, jugueteándose con ella de manos, tal y como a Alexa le gustaba ser tratada, a modo de macho y no como la princesita del cuartel, a palabras de Lawrence, lo cual le molestaba bastante.
“Eres especial para él, Christian… eso tú muy bien lo sabes”.
Sus palabras volvieron a retumbar en mi cabeza, volteándome rápidamente para regresar al edificio, introduciendo las manos en los bolsillos de mi pantalón jean negro, sin ánimo alguno de seguir pensando en aquel escabroso tema sobre los sentimientos de Ricco hacia mí.
“Esto es lo único que te faltaba, Christian… convertirte en gay y ser una de las putas de Scahel”.
Por unos segundos me imaginé a mí mismo lavando el Jeep del sargento, con unos bóxer y una franelilla blanca, riéndome como idiota ante aquella visión tan poco masculina de mi persona, imaginando al general Lawrence observándonos a ambos en aquella joda.
—Ahora si enloqueciste, Christian. —Me dije a mí mismo, subiendo las escaleras, sin dejar de reír de lo más entretenido ante mis locas elucubraciones, no por el acto en sí de verme en bóxer y franelilla, sino por la cara de perro del general “Douglas Lawrence”, quien de seguro le había exigido a Ricco hacer hasta lo impensable con tal de conseguir lo que yo les ocultaba.
“Vamos a ver quién soporta mejor tu propio juego, si tú o yo… Lawrence”, pensé, introduciéndome nuevamente en el edificio, elucubrando no solo en aquella manipulación del general sobre el sargento Ricco, para acceder a mí, sino también en la posibilidad de usar aquello en contra de ambos hombres, logrando quitármelos de encima de una buena vez y para siempre.

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